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Mala Suerte:

¿el universo te odia?

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"Cualquier cosa antes que aceptar que muchas veces no hay ningún motivo, que las cosas pasan y ya está y que puedes hacer todo bien y perder igualmente."

Siempre he pensado que no tengo la mejor de las suertes… El problema es que, cuando encontré un juego que me pedía exactamente eso, tampoco gané.

Tampoco es una suerte terrible, no me ha caído un piano encima cruzando la calle. Lo mío es un poco más cutre. Después de minutos de cálculo, reflexión, duda, ecuaciones… «¿Cuál es la mejor opción?», «¿importa más cuánta gente hay o cuántos productos llevan?». Da igual. No acierto ni una vez en la cola del supermercado.

Como veis… he pensado mucho en ello. Lo suficiente como para llegar a la conclusión de que todos somos un poco tontos.

Porque la mala suerte no existe. Y, sin embargo, ahí estamos, buscando tréboles de cuatro hojas, evitando pasar por debajo de una escalera, no abriendo un paraguas en un interior… Supongo que necesitamos creer que alguien está al mando.

Por eso me hizo gracia encontrarme con Mala Suerte, un juego que propone algo bastante más interesante que intentar tener buena suerte: intentar que la tengan los demás.

Cómo perder cuando perder es lo que quieres

La idea de Nico Cardona se entiende enseguida. Y mejor así, porque a veces hay juegos que necesitan más tiempo de explicación que de partida. Partidas cortas, de unos 13 minutos. Explicación muy breve.

Hay tréboles de cuatro hojas, gatos negros, cuervos, herraduras, espejos rotos, sal derramada… toda esa colección de cosas que llevamos siglos mirando de reojo por si acaso.

Y aquí está la gracia. Todo lo que normalmente intentaríamos mantener lejos acaba siendo justo lo que queremos tener. El trébol, el gato negro, el espejo roto. Toda esa colección de mierdas que llevamos siglos esquivando resulta que, esta vez, nos viene estupendamente.

Además, puedes mentir. Y esto siempre suma puntos. 

No hace falta montar una partida de Mafia ni convertir el salón en un interrogatorio de la CIA. Aquí basta con decir una cosa con suficiente seguridad y esperar que alguien se la coma. Y funciona porque al principio estás pendiente de las cartas y, cuando te quieres dar cuenta, llevas diez minutos intentando averiguar si el de enfrente te está tomando el pelo.

Y lo mejor es que tampoco hace falta ser especialmente buen mentiroso. Basta con hablar como si supieras lo que estás haciendo. Una habilidad, por cierto, bastante extendida.

Lo divertido es ver cómo cambia una mesa en cuanto sabes que el otro puede estar mintiéndote. El amigo más competitivo empieza a sospechar de todo y el que venía a echar una partida tranquila lleva diez minutos mirando cada carta como si estuviera desactivando una bomba. Cinco minutos antes nadie creía en la suerte. 

Ahora estamos todos acojonados por un pájaro dibujado en una carta.

No intenta convertirse en algo más grande de lo que necesita. No hay veinte tipos de recursos, ni una fase de mantenimiento, ni una caja que parece más de una nevera que de un juego de mesa. Son cartas, unas reglas fáciles de coger y un grupo de personas intentando joderse la vida durante un rato. 

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Todos creemos un poco en la suerte

Hace cinco minutos no creías en nada y ahora estás mirando una carta con un espejo roto como si tuviera información clasificada sobre tu futuro. No hace falta creer en las supersticiones para que formen parte de nosotros. Sabemos que un gato negro no va a hacer que tengamos un mal día, que romper un espejo no va a condenarnos durante siete años y que un trébol de cuatro hojas no tiene ninguna propiedad sobrenatural. Y, aun así, reconocemos todos esos símbolos al instante.

Alguien nos los enseñó. Nuestros padres, nuestros abuelos, un libro, una película o aquella historia que alguien contó hace mucho tiempo y que fue pasando de boca en boca hasta llegar a nosotros. Ni siquiera sabemos exactamente cuándo empezaron muchas de estas supersticiones, solo que ya estaban ahí cuando llegamos. Lo curioso es que seguimos cargando con ellas aunque sepamos perfectamente que no tienen sentido.
Cartas de Mala Suerte con el reverso del juego y una baraja sobre una mesa

Supongo que nos cuesta bastante aceptar que hay cosas que simplemente ocurren. Si se rompe un vaso, buscamos una explicación; si tenemos un mal día, repasamos lo que hicimos por la mañana para encontrar dónde empezó a torcerse todo; y si ocurre algo bueno, tampoco tardamos demasiado en buscarle un significado. Supongo que resulta más cómodo pensar que el universo nos está mandando señales que aceptar que, probablemente, el universo tiene cosas bastante mejores que hacer.

Tomás Hijo y los dibujos encontrados

Y entonces aparece Tomás Hijo. No es la primera vez que hablamos con él en Turno y, viendo Mala Suerte, creo que aquí encaja especialmente bien. Podría haberse hecho un juego de supersticiones mucho más evidente, de esos que te enseñan un gato negro y prácticamente te gritan «misterio». Pero las ilustraciones de Tomás Hijo van por otro lado y, como todo en lo que participa, tienen una estética única.

Hay algo en sus dibujos que hace que parezcan sacados de un sitio en el que no deberían estar, como si alguien hubiera encontrado un libro viejo, hubiese arrancado unas páginas y hubiese decidido meterlas dentro de una caja de juegos de mesa. La tinta, las formas, los animales, los símbolos… todo tiene ese punto de grabado antiguo que reconoces, aunque no sepas muy bien de dónde viene.

Y eso le viene de maravilla a Mala Suerte. El gato negro, el cuervo… No hace falta explicarnos qué se supone que tenemos que sentir cuando aparecen porque llevamos toda la vida viendo películas, escuchando historias y oyendo a alguien decir que «eso trae mala suerte».

Tomás Hijo tampoco intenta sobrecargarlo. Las cartas no necesitan veinte cosas pasando a la vez para parecer especiales. Hay una imagen, un símbolo y poco más. Y funciona porque reconocemos lo que estamos viendo, pero al mismo tiempo tiene algo extraño, como si esos dibujos llevaran ahí mucho más tiempo que nosotros.

Partida de Mala Suerte con cartas de mal de ojo, gato negro, sal derramada y espejo roto

Nico Cardona y una idea puesta del revés

También habíamos hablado con Nico Cardona hace un tiempo y, después de jugar a Mala Suerte, me resulta todavía más interesante cómo funciona su propuesta. Porque aquí la gracia no está solo en la mecánica. Está en coger algo que todo el mundo conoce y ponerlo del revés.

La suerte ya estaba ahí. No había que inventar nada nuevo, solo cambiar la manera de utilizarlo. Y cuando haces eso, de repente el trébol de cuatro hojas deja de ser algo que quieres encontrar y pasa a ser una cosa que preferirías no ver ni en pintura. La mala suerte deja de ser un obstáculo y empieza a convertirse en una herramienta.

Y ahí está la pequeña trampa del juego: quieres tener mala suerte, pero tampoco quieres que la tenga nadie más. Quieres que al otro le salga el gato negro, que se quede con el espejo roto, que sea él quien cargue con toda esa colección de desgracias mientras tú miras desde el otro lado de la mesa fingiendo que no sabes absolutamente nada.

Supongo que tampoco es una idea tan alejada de la vida real.

La suerte tiene un sentido del humor bastante cabrón

Después de años diciendo que tengo mala suerte, por fin encuentro un juego diseñado alrededor de ella. Una oportunidad para demostrar, por fin, que toda aquella teoría servía para algo. 

Y pierdo. 

Varias veces.

No sé si eso demuestra que la mala suerte existe o que, sencillamente, soy bastante malo jugando a Mala Suerte. Prefiero la primera explicación. Es mucho más interesante y, además, me deja una excusa bastante decente. Cualquier cosa antes que aceptar que muchas veces no hay ningún motivo, que las cosas pasan y ya está y que puedes hacer todo bien y perder igualmente.

Así que sigo diciendo que tengo mala suerte. Aunque, después de jugar a Mala Suerte, empiezo a pensar que igual el problema no es la suerte.

Igual es que elijo fatal.

Porque llevo años intentando entender por qué siempre me pasan estas pequeñas desgracias, buscando patrones, echándole la culpa al azar y a cualquier otra cosa que pueda cargar con el muerto. Y resulta que quizá la respuesta estaba delante de mí desde el principio.

La cola del supermercado.

Después de cinco minutos mirando las tres opciones, contando personas, carros, productos y tratando de averiguar cuál va a avanzar antes, siempre termino escogiendo la que se queda parada.

Así que, igual el universo no me odia. 

@whoisrooster, fundando desde los márgenes
@whoisrooster

Director creativo y editor
Texto, diseño y maquetación.

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