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Hay algo perturbador en mirarse en un espejo roto: la imagen sigue ahí, pero las grietas la deforman hasta volverla extraña. Broken Tales vive justo en ese lugar, donde los cuentos se rompen y los personajes ya no encajan en lo que eran. Porque al final no va de reescribir historias, sino de enfrentarse a una pregunta incómoda: qué queda de nosotros cuando lo que nos definía se quiebra.

Alastair no busca imponerse. Es una escena en pausa, abierta, donde el gesto (antes que el color) ya lo está diciendo todo, dejando espacio a quien la mira para terminar de construirla.

En los juegos de rol, los cuentos clásicos funcionan como un lenguaje compartido: todos sabemos quién es Caperucita o el Flautista de Hamelín. Pero basta con retorcer una pieza, cambiar un rol, alterar un símbolo, para que lo familiar se vuelva extraño. Broken Tales aprovecha esa grieta: tomar historias que creemos conocer y transformarlas en algo inquietante, inesperado y lleno de nuevas pos

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Broken Tales parece hablar de cuentos que ya conocemos, pero en realidad apunta a algo más profundo: a cómo reinterpretamos lo que creíamos fijo, a cómo convivimos con nuestras sombras, a cómo decidimos quiénes somos cuando el relato cambia. 

Este Especial nace ahí, en ese cruce entre lo conocido y lo roto. Porque en esas grietas hay algo que sigue tirando de nosotros: la posibilidad de contar historias distintas, aunque duelan un poco más.