Cuando Maika me propuso jugar, dudé bastante antes de aceptar. Nunca había jugado algo tan centrado únicamente en un jugador y no sabía si iba a ser capaz de sostener una o varias sesiones yo solo, sin el apoyo de una mesa más grande. Precisamente por eso decidí no investigar absolutamente nada sobre Fe antes de empezar. No busqué contexto, ni opiniones, ni información sobre la historia. Quería llegar completamente a ciegas.
Lo único que sabía era que iba a interpretar a un sacerdote, Jonathan Moore, y algo sobre un posible exorcismo. Esa premisa me parecía lo suficientemente potente como para querer entrar.
Hay algo que descubrí muy rápido: el rol cambia muchísimo cuando desaparece la mesa. En una partida “tradicional”, siempre hay momentos que hacen que todo cambie, alguien hace un comentario, alguien rompe la tensión sin querer, alguien tiene que consultar una regla y el ambiente se rompe durante unos minutos.
Aquí no hay distracciones, solo estáis tú, la directora, y Fe. Eso significa silencios, dudas, pensar mucho en cada decisión.
Soy Jonathan Moore.
No debería haber vuelto a Texas.
Llevo dos años diciéndome que lo que ocurrió en aquella casa no fue culpa mía.
Pero cuando cierro los ojos sigo escuchando los gritos.
Dejé de tomar decisiones desde mi lógica. Dejé de pensar como un jugador que intenta resolver un misterio. Yo habría tomado decisiones que Jonathan jamás habría considerado, pero Jonathan hacía cosas que a mí me resultarían completamente absurdas. Empecé a actuar desde su fe absoluta. Me descubrí bendiciendo con agua bendita habitaciones vacías, persignándome constantemente antes de abrir una puerta o repitiendo oraciones por inercia, como si Jonathan necesitara convencerse de que Dios seguía allí con él, protegiéndolo.
Al principio pensé que Jonathan había vuelto para salvar a Anna. Cuanto más avanzaba la partida, menos me preocupaba qué le había pasado a Anna y más me preocupaba qué le estaba pasado a Jonathan. Hubo un momento en el que dejé de preocuparme por el demonio. Lo que realmente me inquietaba era el padre Jonathan. Y cuanto más tiempo pasaba con Jonathan, más claro tenía que no había vuelto a Texas por Anna. Había vuelto porque necesitaba recordar.
Recuerdo pensar varias veces que esta historia no habría funcionado igual con cuatro personas más sentadas alrededor de la mesa. No estaba observando a Jonathan Moore. Estaba encerrado con él. Cada vez que encontraba una carta o una fotografía tenía la sensación de que Jonathan estaba a punto de descubrir algo que en el fondo no quería descubrir, y cuando no tienes a nadie más en la mesa, tampoco tienes dónde esconderte de esa sensación.
Como en otras ocasiones cuando Maika me propuso jugar, antes de empezar hablamos sobre límites, velos y temas que preferiría evitar. Es una conversación especialmente importante en experiencias como esta. Personalmente nunca he sentido que una partida de rol haya cruzado una línea incómoda para mí, así que le dije que se sintiese completamente libre a la hora de dirigir Fe.
Aun así creo que merece la pena señalarlo: esta es una aventura que puede resultar dura para algunas personas. La violencia, la culpa, el fanatismo, la pérdida o la desesperación están presentes de forma constante y son parte fundamental de lo que Fe quiere contar.
En mi caso nunca sentí que la partida cruzara una línea incómoda para mí. Pero sí hubo momentos en los que pensé que conozco personas para las que determinadas escenas habrían resultado difíciles de gestionar.
Y creo que precisamente por eso el módulo funciona tan bien cuando existe confianza entre quien dirige y quien juega. Fe trata cosas difíciles. Pero lo hace dentro de un espacio donde ambas personas deben sentirse cómodas para explorar esos temas, y si no es así, obviar algunas partes que puedan resultar especialmente sensible.
Durante buena parte de la aventura pensé que estaba jugando una historia sobre un exorcismo. Un sacerdote vuelve a una casa donde algo salió mal, hay una presencia a la que enfrentarse, respuestas que encontrar y una joven a la que salvar. Sin embargo, a medida que avanzaba la partida, empecé a sentir que Fe estaba hablando de algo diferente.
Cuanto más avanzaba la aventura, menos sentía que estuviera jugando para salvar a Anna. Jonathan había vuelto porque era incapaz de convivir con las preguntas que llevaba dos años arrastrando. Mientras jugaba pensé varias veces en esa sensación. En volver una y otra vez al mismo recuerdo esperando encontrar algo que antes no había visto. No era solo una cuestión de fe o de deber. Era la necesidad de comprender. De encontrar sentido a unos recuerdos fragmentados que seguían persiguiéndole cada noche.
Cuanto más avanzaba por la casa, más tenía la sensación de que estaba intentando entender a Jonathan. Al principio quería respuestas. Después empecé a sospechar. Recuerdo varios momentos en los que encontrábamos una pista nueva y mi reacción ya no era «por fin». Era más bien «joder».
Y justo cuando creía entender quién era Jonathan Moore, Fe hizo algo que no esperaba.
“La Iglesia me enseñó que la fe puede mover montañas, pero no me enseñó qué hacer cuando Dios guarda silencio.
Estoy a escasos segundos de perder la vida, y sigo pensando en si mi sacrificio valdrá la pena.”
Hay un momento de la aventura del que no quiero hablar demasiado porque creo que merece ser descubierto por quien vaya a jugarlo. Pero sí puedo decir que existe un punto en el que Fe deja de ser únicamente la historia de Jonathan.
Hasta entonces había pasado horas dentro de su cabeza. Había tomado decisiones desde su fe, desde su culpa y desde su obsesión por encontrar respuestas. Había recorrido la historia desde la mirada de un sacerdote convencido de que todavía podía arreglar algo.
Y de repente Jonathan desapareció.
Fue, seguramente, el momento que más me sorprendió de toda la aventura. No porque hubiese un gran giro argumental, sino porque me obligó a replantearme todo lo que había vivido hasta entonces. De repente ya no estaba pensando en Jonathan. Estaba pensando en Anna.
A partir de ahí la partida adquirió un tono completamente distinto para mí.
A partir de ahí dejé de pensar en exorcismos. Solo pensaba en cómo sacar a Sarah de allí y qué hacer después. Ya no estaba intentando descubrir qué había ocurrido. Estaba intentando decidir qué hacer con todo aquello.
Recuerdo especialmente la recta final de la aventura. No porque sintiera que me dirigía hacia una victoria, sino estaba bastante seguro de que eso no iba a terminar bien.
Había conseguido sacar a Sarah de allí. Había reventado la cabeza del líder de la secta y de quienes intentaron detenerme. Pero mientras describíamos la escena final tenía clarísimo que aquello no era una victoria.
Y cuando llegó el momento de tomar la última decisión no pensé en qué haría Borja. Pensé en Sarah. Pensé en todo lo que acababa de pasar. Pensé en que había conseguido sacarla de allí. Y entendí que, si seguía viva, el horror todavía tendría una forma de volver.
Me alejé todo lo que pude de ella, y apreté el gatillo.
Cuando la partida terminó no sentí que hubiese ganado.
Después Maika me contó todo lo que había ocurrido realmente.
Y entendí que aquella historia nunca iba a terminar bien.

Director creativo y editor
Redacción del texto. Diseño y maquetación.
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