Y qué razón tenía el poeta latino.
Muchos jugadores de rol, especialmente los que han pasado los cuarenta, se quejan de la falta de tiempo a la hora de disfrutar de esta afición. No puede negarse que la queja parece tener lógica considerando el tiempo requerido para montar una partida de rol: comprar un manual, leerlo, comprenderlo, aprenderlo, explicarlo, crear una historia, juntar al grupo, hacer los personajes y, finalmente, jugar una sesión salpicada de interrupciones para mirar y discutir las reglas y notificaciones del teléfono móvil. En un mundo tan frenético como el actual donde parece que llegamos siempre tarde para todo y no podemos despegar la vista del teléfono, gozar de tiempo suficiente para disfrutar plenamente del rol resulta un privilegio y, para la mayoría, una quimera.

Los que contamos con bastantes años a las espaldas en esta afición defendemos con vehemencia eso de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Vivimos embriagados por una “nostalgia ochentera” repleta de ensoñaciones y recuerdos de tardes de verano infinitas, devorando todos los manuales que caían en nuestras manos como aperitivo de partidas maratonianas extendidas hasta la madrugada, en aquellos sótanos donde nunca entraba la luz natural (en mi caso era una buhardilla donde en el verano cordobés te morías de calor, pero sirve el símil).
El modelismo se convierte así en una forma de meditación. No es evasión; es enfoque. No es desconexión del mundo, sino reconexión con uno mismo.
Tampoco le faltaba razón al nuestro.
Pero ese pasado en el que podíamos abandonarnos a nuestra pasión, ese paraíso idílico que mantenemos congelado en nuestra memoria tiene una base real que se explica por dos motivos simples y que nada tienen que ver con la nostalgia: objetivamente teníamos más tiempo y nuestra atención no estaba tan amenazada por la tecnología.
Me lo dijo mi padre al cumplir los 18: “Bienvenido al mundo de los gilipollas”. Fue justo después de soplar las velas. “Y lo peor de todo”, añadió fundido en un abrazo que no olvidaré jamás, “es que cada año que pase serás más gilipollas” (lo que me recuerda a eso que canta Ambkor con el Chojin en Si hubiera otra oportunidad: “Papá no te hice caso porque sabía que tenías razón”).
Los que se hayan reído leyendo esta anécdota es que lo han pillado a la primera: toda una adolescencia queriendo ser adultos para, finalmente, darnos cuenta de que teníamos el paraíso justo delante de nuestras narices en la forma de un mundo sin obligaciones importantes, sin Hacienda, sin responsabilidades por nuestras cagadas, sin mascotas que cuidar ni hijos a los que alimentar trabajando de sol a sol.
Otro poeta nacional que lo dejó bien claro.
Pero como agua pasada no mueve molino, dejemos los años 80 y 90 en la memoria porque allí no podemos regresar (salvo disfrutando de series como Stranger Things) y subrayemos que los que peinan canas (bienaventurados ellos porque al menos tienen pelo) tienen menos tiempo objetivamente que el que tenían de jóvenes.
Estando de acuerdo en eso, la siguiente pregunta cae por su propio peso: ¿Qué pasa con los jóvenes en la actualidad? ¿Disfrutan ellos de un paraíso en el que el tiempo parece detenerse indefinidamente?
Bueno, no tanto. Y ello por el segundo motivo citado más arriba.
En los años 80 no había internet, ni teléfonos móviles, ni redes sociales, ni notificaciones, ni ventanas emergentes, ni scroll infinito (salvo el lateral en algunos videojuegos). Información había, pero se llegaba a ella buscando en libros, bibliotecas, revistas o, la mayoría de las veces, simplemente preguntando a quien parecía saber más que nosotros. Todo ello llevaba tiempo, qué duda cabe, pero ese recurso era abundante y nuestra atención gozaba del reposo necesario para aprender sin distracciones ni interrupciones.
Los jóvenes de la actualidad, incluso si disponen del tiempo suficiente para dedicarle a esta nuestra afición, deben superar un obstáculo con el que no contábamos en el siglo pasado: la saturación de información y el miedo a no disponer de toda ella (otra especie de fomo).
Así, para preparar una partida, debemos comprar el manual, descargar todo lo escrito sobre ese juego en el bundle de turno, leer todas las reseñas en blogs, ver todos los vídeos que nos expliquen las reglas y nos ofrezcan partidas de ejemplo, seguir hilos eternos de Reddit o conversaciones en Discord que no tienen fin (pues “la opinión no se destruye, tan sólo se transforma”, o algo así).
Y todo este proceso diabólico dirigido a consumir una información inabarcable se realiza en el marco de lo que se conoce como capitalismo de vigilancia y economía de la atención, lo que hace que una tarea ya de por sí titánica se vuelva imposible. Nuestros ordenadores, televisiones, tabletas y teléfonos reclaman nuestra atención 24/7 con algoritmos diseñados por ingenieros de la conducta que saben muy bien cómo hacer que nos quedemos una hora más pegados a la pantalla.
Sí, quizás los jóvenes de ahora tengan el mismo tiempo para jugar que los de antaño, pero por desgracia lo hacen con un tablero y unas reglas de juego totalmente diferentes e injustas.
Claro que sí, para eso estamos.
A ver, los adultos agobiados por obligaciones que estén en la sala, cállense y presten atención: hay muchos juegos en el mercado, más de los que nunca podremos probar, así que optad por aquellos con los sistemas más simples. Salvo que los conozcáis como la palma de vuestra mano, huid de reglamentos complejos llenos de tablas que os obliguen a parar la partida para buscar la página 541 en la que se encuentra la regla opcional para atacar con dos armas en una noche lluviosa de invierno…
Vivimos una época maravillosa con multitud de juegos indies y sistemas minimalistas que permiten disfrutar de experiencias roleras plenas con una mínima preparación. Por ello me interesé desde hace unos años por la Free Kriegsspiel Revolution y acabé diseñando una forma de jugar que actualmente implemento bajo el nombre de Rol & Punto. Para ayudar a los que, como yo, necesitamos optimizar el poco tiempo del que podemos disponer.
Y para los jóvenes que pueden permitirse deglutir semejantes tochos de reglas, atentos que viene algo complicado: apagad los teléfonos durante las sesiones y no penséis que tenéis que leer toda la información disponible sobre el juego que os interese antes de jugar una partida. Leed lo mínimo indispensable y jugad. Jugad mucho. Sin distracciones. Enfocados en el momento y en la experiencia de narración colectiva efímera que se genera en cada partida.
Son consejos lógicos que sirven para todo el mundo, cualquiera que sea su edad o situación personal: simplicidad y respeto por el tiempo que dedicamos al rol, lo que implica una lucha proactiva contra la distracción que nos acecha como monstruo errante.
Si has leído todos los suplementos y blogs roleros del mundo será porque juegas un montón. Si no es así, hazte un favor: lee menos y juega más. Aunque creas que así estás jugando peor.
No podía faltarle razón a mi paisano…

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