Drácula vs Van Helsing es un juego de mesa para 2 jugadores que arranca con una premisa cargada de atmósfera: esta noche, Whitby huele a niebla y a madera mojada. Un barco sin tripulación ha encallado en la orilla manchado de sangre, y las cajas de tierra en la bodega no dejan lugar a dudas. Drácula ha vuelto. Y alguien tiene que parar esto.
Esa premisa, cargada de atmósfera gótica, es la excusa perfecta para lo que Drácula vs Van Helsing propone en realidad: un duelo de cartas para dos jugadoras diseñado por Maxime Rambourg y Théo Rivière, publicado por Mandoo Games y editado en español por Maldito Games. Cada turno es una pequeña apuesta, un tanteo silencioso, un intento de leer a tu rival antes de que te lea a ti.
Lo primero que llama la atención de Drácula vs Van Helsing es que las dos jugadoras no buscan lo mismo. Van Helsing tiene que reducir los doce puntos de vida del vampiro antes de que acaben las cinco rondas. Drácula, en cambio, gana si convierte en vampiros a los cuatro habitantes de un mismo barrio… o si simplemente sobrevive hasta el final de la partida.
Esta asimetría en los objetivos es lo que define el juego. Van Helsing necesita atacar, acumular puntos de daño ronda tras ronda, sin margen para el error. Drácula puede jugar a resistir, a desgastar o a sembrar el caos en un barrio concreto mientras descuida el resto. La presión psicológica viaja en direcciones distintas para cada uno, y eso hace que la misma mecánica se sienta diferente dependiendo del rol que asumas.
El corazón del juego es sencillo de explicar y difícil de dominar. Cada jugadora tiene cinco cartas colocadas en un atril frente a ella, en un orden fijo que no puede cambiar salvo que un efecto de carta lo permita. Cada carta apunta a uno de los cinco barrios del tablero. Al final de cada ronda se comparan esas cartas barrio por barrio y quien tenga la más alta gana ese enfrentamiento y aplica su efecto: un vampiro más o un punto de vida menos.
El problema (o la gracia) es que no ves las cartas de tu rival. Sabes cuántas tiene, sabes que hay un palo de triunfo que cambia durante la partida, y vas acumulando información a medida que ambas descartáis cartas y activáis efectos. El juego no es solo gestión de tu mano sino que es deducción, es memoria, es apostar en qué barrio concentrar tu fuerza y en cuáles dejarte perder sin que duela demasiado.
Cada turno tienes que robar una carta y descartar otra para activar su efecto. Pero en ese momento sencillo se concentra toda la tensión del juego: “¿descarto lo que acabo de robar para ir sobre seguro, o cambio una carta de mi atril y acepto que mi rival pueda deducir algo de ese movimiento?” , “¿Cierro la ronda ya, forzando el recuento ahora que creo tener ventaja, o dejo que el juego siga y arriesgo que la situación cambie?”
Hay ocho efectos distintos, uno por cada valor de carta. El 1 te obliga a revelar una de tus propias cartas, exponiendo información que preferirías guardarte. El 8 cierra la ronda de golpe, sin que tu rival pueda jugar su último turno. El 7 mueve el palo triunfo, convirtiendo de repente en ganadoras cartas que antes no valían nada. Cada descarte es una decisión con consecuencias que se notan inmediatamente o que se acumulan en silencio hasta el recuento final.
Drácula vs Van Helsing pertenece a esa familia de juegos donde la información incompleta es el verdadero tablero. Lo que sabe tu rival de ti, lo que tú sabes de ella, lo que ambas fingís ignorar. No hay tiradas de dados, no hay azar que rescate a nadie de una mala lectura. Si pierdes, probablemente es porque leíste mal las señales que tu rival de enviaba, o porque simplemente no viste esa estaca en tu corazón hasta que gue tarde.
Eso puede resultar frustrante en las primeras partidas, cuando todavía no tienes interiorizado qué valores conviene descartar pronto y cuáles guardar. Pero es también lo que hace que cada revancha tenga sentido: quieres probarte de nuevo, con más información, con más intuición acumulada sobre cómo piensa la persona que tienes enfrente.
Las ilustraciones de Weberson Santiago, conocido también por su trabajo en Coup o La Posada Sangrienta merecen un momento propio. El juego apuesta por un estilo oscuro, teatral, con esa estética gótica de grabado antiguo que encaja perfectamente con la ambientación de Whitby y los personajes de Bram Stoker. No hay concesiones al humor ni guiños modernos. Las cartas tienen peso visual, los habitantes del tablero tienen caras que transmiten inquietud, y el conjunto comunica exactamente lo que el juego quiere ser: elegante, tenso, un poco sombrío.
Ese trabajo visual hace que el juego se sienta más grande de lo que es. En la caja caben 32 cartas, un tablero pequeño, unos atriles y un puñado de fichas. Pero sobre la mesa tiene la presencia de un buen cuento de vampiros.
Drácula vs Van Helsing es un filler que se juega en media hora, y lo mejor de esa duración es que no engaña: el juego no finge ser más profundo de lo que es, pero tampoco se disculpa por lo que ofrece. Es ágil, tenso y tiene suficiente sustancia para que una segunda o una tercera partida siempre tengan sentido.
Funciona especialmente bien si la persona que tienes enfrente tiene ganas de pensar. No en el sentido de resolver un puzzle complejo, sino en el sentido de prestar atención, de observar, de intentar anticipar. Si las dos personas de la mesa están dispuestas a eso, Drácula vs Van Helsing entrega exactamente lo que promete.
Al final, uno de los dos ganará. Pero en los mejores turnos del juego, antes de que eso ocurra, llegará ese momento breve en que nadie sabe del todo qué tiene su rival en el atril. Y en ese instante de incertidumbre compartida está todo lo que hace interesante a este duelo: la batalla del cazador contra la presa, pero, ¿Quién será quién?

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