Los aserraderos suecos del siglo XIX fueron una de las imágenes más claras del progreso. Durante décadas, los ríos se llenaron de troncos, los bosques empezaron a convertirse en dinero y alrededor de aquella industria crecieron pueblos enteros que vivían al ritmo de las sierras y de las estaciones. El bosque dejaba de ser un lugar por el que pasaban personas y animales para convertirse en materia prima. Una transformación bastante poco romántica, si no fuera porque, al otro lado de los árboles, seguían viviendo todas esas cosas que la gente había pasado siglos inventando para explicar qué coño había allí dentro.
David Lynch hizo algo parecido muchos años después, aunque cambió los abetos suecos por los de Washington y el aserradero por una cafetería donde el café parecía más importante que la policía. Twin Peaks (David Lynch, 1990) tenía asesinatos, sueños, adolescentes desaparecidas… Pero también tenía troncos, carreteras perdidas, moteles, montañas y esa sensación permanente de que el pueblo entero estaba construido encima de algo que prefería no ser descubierto.
Vaesen juega en ese territorio, solo que en lugar de preguntarse qué está haciendo un agente del FBI en un pueblo de Washington, nos manda a la Suecia del siglo XIX a investigar criaturas del folclore nórdico mientras la industrialización empieza a comerse el paisaje.
Y con Un secreto malvado toca comprobar qué tal funciona todo esto cuando deja de estar en el libro y empieza a pasar delante de nosotros.
Porque el aserradero que aparece en la aventura no es un simple decorado con cuatro troncos para que quede claro que estamos en Suecia. La industria maderera tiene una presencia real en el trasfondo de la aventura y ayuda a construir esa tensión: un mundo que está empezando a entender la naturaleza como recurso mientras continúa conviviendo con criaturas para las que un bosque no es una cantidad determinada de madera aprovechable, sino su casa.
Ahí es donde Vaesen me parece especialmente interesante: no tanto cuando aparecen los monstruos como cuando aparecen las máquinas.
Un monstruo puede matar a una persona y desaparecer entre los árboles. Una industria puede talar miles de ellos y cambiar para siempre el lugar donde ese monstruo vivía. Y mientras una cosa puede convertirse en una leyenda, la otra aparece en los libros de historia como progreso.
Un secreto malvado aprovecha esa ambientación para construir una investigación que nos lleva por un pueblo donde, como en Twin Peaks, las cosas parecen bastante normales hasta que empiezas a hacer preguntas. Hay un aserradero, una iglesia, gente que sabe más de lo que cuenta y una serie de acontecimientos que hacen que el lugar vaya perdiendo poco a poco esa apariencia de normalidad. No es una estructura especialmente revolucionaria, pero tampoco necesita serlo: en Vaesen, muchas veces lo importante no es descubrir que hay algo raro, sino averiguar qué clase de raro es.
Y aquí es donde la aventura empieza.
No somos un grupo de aventureros que llega a un pueblo porque alguien ha pagado una recompensa por matar una criatura. No hay una flecha en el mapa señalando “monstruo aquí”. Nuestra herramienta principal es preguntar, observar y juntar piezas, y eso hace que buena parte de la tensión dependa de cuánto sepamos y, sobre todo, de cuánto creamos saber.
Vaesen entiende el misterio de una forma bastante más cercana al folclore que a la fantasía tradicional. Las criaturas no tienen por qué obedecer a una lógica que nosotros entendamos, y muchas veces tampoco son malvadas en el sentido convencional. Tienen sus propias reglas, han vivido allí antes que nosotros y probablemente seguirán haciéndolo cuando nuestros personajes hayan terminado de pasarse por allí.
Eso convierte algunos encuentros en algo bastante más interesante que un combate. Primero hay que averiguar qué tenemos delante; después ya veremos si merece la pena salir corriendo.
El sistema acompaña bien esta forma de jugar. La investigación, las relaciones entre personajes y la gestión de las consecuencias tienen un peso suficiente como para que la violencia no sea siempre la solución más evidente. De hecho, cuando una partida de Vaesen funciona bien, la sensación es más parecida a estar reconstruyendo un crimen o una leyenda que a resolver una mazmorra.
Y esto es importante porque Un secreto malvado tampoco sería especialmente interesante si le quitáramos el contexto y lo convirtiéramos en una aventura genérica de monstruos.
El problema es que precisamente por eso hay partes de la aventura que se quedan un poco por debajo de lo que promete.
La investigación está bien planteada y tiene suficientes elementos como para mantener la atención, pero la historia no siempre consigue que sus revelaciones estén a la altura de la ambientación. Hay momentos en los que uno tiene la sensación de estar recorriendo una estructura conocida: llegamos, preguntamos, encontramos algo extraño, aparece una pista que cambia lo que creíamos saber y seguimos tirando del hilo hasta que finalmente descubrimos qué estaba pasando.
Funciona, pero después de hacerlo varias veces empieza a hacerse un poco tedioso.
Ahí es donde Vaesen se beneficia de todo lo que tiene alrededor. Porque cuando la historia no consigue sorprender demasiado, el escenario sí consigue mantener la curiosidad. Hay algo en ese pueblo, en el bosque y en la presencia constante de la industria que hace que quieras seguir mirando aunque ya sospeches por dónde van a ir los tiros.
La estética hace buena parte del trabajo. Las ilustraciones de Vaesen hacen que sus escenarios parezcan lugares en los que apetecería pasar una tarde, pero no necesariamente una noche. Hay bosques enormes, casas de madera, caminos embarrados, y criaturas que parecen haber salido de una historia que alguien contó alrededor de una hoguera hace doscientos años.
La primera asociación que tuve fue Van Helsing (Stephen Sommers, 2004), sí, la de Hugh Jackman que es tan mala que acaba siendo buena, por esa mezcla de investigadores, monstruos, iglesias y aventura gótica. Aunque aquí la referencia se queda bastante corta. Van Helsing mira al monstruo desde el espectáculo; Vaesen está más interesado en mirar el bosque y preguntarse qué había allí antes de que llegáramos nosotros. El terror de Vaesen funciona mejor cuando no enseña demasiado: un ruido en el bosque puede ser cualquier cosa, una huella puede ser cualquier cosa y una persona que no quiere hablar contigo puede ser, todavía, cualquier cosa.
Hay además una idea histórica detrás de todo esto que me parece más interesante que buena parte de la trama de la aventura: Vaesen está situado en un momento en el que el mundo que hace posibles esas historias empieza a desaparecer. La industrialización no solo transforma el trabajo. Cambia la forma de entender el territorio. Un bosque deja de ser un lugar lleno de historias y empieza a ser una superficie llena de árboles aprovechables. Un río deja de ser una frontera natural y se convierte en una vía de transporte. La naturaleza se mide, se organiza, y se explota.
Los vaesen tienen un problema bastante serio con el progreso, porque una máquina no necesita creer en ellos para destruir su casa.
Y aquí Un secreto malvado tiene una oportunidad que, en mi opinión, podría haber exprimido todavía más.
El aserradero y todo lo que representa son una forma estupenda de poner en contacto dos mundos que están condenados a chocar: el de las viejas historias y el de una sociedad que empieza a convertir esas historias en supersticiones.
Es una idea bastante más potente que “hay un monstruo”, porque el monstruo puede morir y, una vez muerto, también puede desaparecer el lugar donde vivía la historia. Incluso cuando estamos investigando algo sobrenatural, hay una sensación constante de estar mirando los últimos restos de una forma de entender el mundo. Y quizá ahí esté lo más interesante de Vaesen: no en sus criaturas ni en sus misterios, sino en el momento histórico que las rodea.
Quizá por eso la referencia a Twin Peaks me parece apropiada. En ambos casos hay un lugar que parece cotidiano hasta que empiezas a mirar debajo de la superficie. La diferencia es que en Twin Peaks el misterio parece esconderse detrás de la vida normal de un pueblo, mientras que en Vaesen también se esconde detrás de una transformación histórica mucho más grande.
El aserradero sigue trabajando mientras nosotros buscamos respuestas entre los árboles. Y quizá lo más inquietante sea pensar que, cuando acabemos de buscarlas, el bosque ya no será el mismo.
Un secreto malvado no me parece una aventura perfecta, ni creo que su historia vaya a quedarse demasiado tiempo en nuestra memoria por sí sola. Tiene buenas ideas, una ambientación estupenda y momentos que funcionan muy bien en mesa, pero también recorre caminos bastante conocidos y en algunos tramos se conforma con ser correcta cuando tenía material para ser algo más.
Pero hay una imagen que sí se me ha quedado dando vueltas: el aserradero, los árboles cayendo y todo ese paisaje convertido poco a poco en otra cosa. Ahí había una aventura bastante más grande escondida, una en la que quizá no hacía falta preguntarse qué criatura estaba detrás del bosque, sino qué iba a quedar del bosque cuando terminásemos de talarlo.

Director creativo y editor
Texto, diseño y maquetación.
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