¡Únete a nuestro equipo!
Icono de Instagram que enlaza al perfil @revistaturno
Icono de Blueskyque enlaza al perfil @revistaturno
© 2025 Revista TURNO. Todos los derechos reservados.

Leer manuales de rol como novelas:

el primer viaje antes de la partida

¿Quieres leer más artículos como este?

Suscríbete a y recibe en tu correo entrevistas, análisis y reflexiones sobre rol y juegos de mesa.

“Leer un manual de rol como novela no es pasivo: es aceptar una invitación.”

Hay un momento muy concreto, justo antes de abrir un manual de rol, en el que ya estoy jugando. El libro pesa más de lo que debería, no por el papel, sino por todo lo que arrastra: comentarios leídos, recomendaciones entusiastas, advertencias ambiguas, frases sueltas escuchadas en otras mesas. “Es duro”, “es distinto”, “no es para todo el mundo”. Todo eso viaja conmigo hasta ese segundo suspendido en el que aún no he pasado la primera página. Ahí conviven la emoción y el vértigo. La sensación de estar a punto de cruzar una puerta sin saber qué hay al otro lado, solo que alguien, en algún momento, salió de allí cambiado.

No abro un manual de rol como quien consulta instrucciones. Lo abro como quien entra en un lugar nuevo sin plano. Hay algo casi ritual en ese gesto: el olor del papel, el crujido leve del lomo, las ilustraciones que me observan antes de que yo sepa interpretarlas. Sé que podría ir directo al índice, localizar el sistema de juego, marcar las reglas importantes. Pero no quiero. Todavía no. Antes de saber cómo se juega, necesito saber qué tipo de experiencia propone ese juego de rol.

Leer sin rumbo, dejarse llevar

Empiezo a leer el manual seguido, sin un objetivo claro, como leería una novela extraña de la que no sé si me va a gustar. Al principio todo es tanteo. Aparecen términos nuevos, conceptos que aún no se sostienen por sí solos. No pasa nada. No me detengo. Dejo que fluyan, como nombres propios al inicio de una historia: confío en que más adelante encontrarán su lugar. No estoy intentando aprender las reglas del juego; estoy intentando escuchar.

Y lo que escucho es una voz. Todo manual de juego de rol tiene la suya, aunque a veces se esconda tras un tono técnico. Hay voces secas, casi quirúrgicas. Otras son cómplices, irónicas, incluso crueles. Algunas te advierten desde la primera página de que aquí no has venido a sentirte cómoda. Leer un manual de rol de corrido es como sentarte frente a alguien que te cuenta algo largo, lleno de rodeos, ejemplos y silencios. No todo es igual de brillante, pero todo forma parte del mismo discurso.

Poco a poco empiezo a notar patrones. Palabras que se repiten. Ideas que regresan una y otra vez, como un estribillo. El conflicto no se resuelve, se arrastra. El fracaso no es un error, es una consecuencia. La violencia no es heroica, es costosa. Nada de eso suele decirse de forma explícita. Está entre líneas. Y solo aparece cuando lees el manual como un todo, no cuando lo usas solo como libro de consulta.

Las reglas como pistas

En ese punto, las reglas dejan de ser instrucciones y empiezan a funcionar como pistas. Ya no me dicen solo qué puedo hacer, sino qué espera el juego de rol que haga. Cada mecánica se convierte en una frase más dentro de un discurso mayor. Tirar dados no es un gesto neutro: es una forma concreta de mirar el mundo que el manual propone. Leer los manuales de rol como novelas me permite captar eso sin forzarlo, sin necesidad de analizar cada sistema desde el primer momento. 

Mientras avanzo, recojo fragmentos casi sin darme cuenta. Una ilustración que me incomoda sin saber por qué. Un ejemplo de juego aparentemente trivial que, de pronto, revela cómo se espera que reaccionen los personajes cuando todo va mal. Una nota al margen que no aporta nada “útil”, pero fija el tono mejor que un apartado entero. Leídos a saltos, estos elementos parecen decorativos. Leídos de seguido, empiezan a dialogar entre sí y a construir una identidad clara del juego.

Es como caminar por un sendero lleno de señales pequeñas, no siempre claras, pero insistentes. No te dicen exactamente a dónde vas, pero sí qué tipo de lugar estás atravesando. Y eso, en los juegos de rol, es muchas veces más importante que memorizar una tabla.

En ese punto, las reglas dejan de ser instrucciones y empiezan a funcionar como pistas. Ya no me dicen solo qué puedo hacer, sino qué espera el juego de rol que haga. Cada mecánica se convierte en una frase más dentro de un discurso mayor. Tirar dados no es un gesto neutro: es una forma concreta de mirar el mundo que el manual propone. Leer los manuales de rol como novelas me permite captar eso sin forzarlo, sin necesidad de analizar cada sistema desde el primer momento. 

Mientras avanzo, recojo fragmentos casi sin darme cuenta. Una ilustración que me incomoda sin saber por qué. Un ejemplo de juego aparentemente trivial que, de pronto, revela cómo se espera que reaccionen los personajes cuando todo va mal. Una nota al margen que no aporta nada “útil”, pero fija el tono mejor que un apartado entero. Leídos a saltos, estos elementos parecen decorativos. Leídos de seguido, empiezan a dialogar entre sí y a construir una identidad clara del juego.

¿Quieres leer más artículos como este?

Suscríbete a y recibe en tu correo entrevistas, análisis y reflexiones sobre rol y juegos de mesa.

Las reglas como pistas

En ese punto, las reglas dejan de ser instrucciones y empiezan a funcionar como pistas. Ya no me dicen solo qué puedo hacer, sino qué espera el juego de rol que haga. Cada mecánica se convierte en una frase más dentro de un discurso mayor. Tirar dados no es un gesto neutro: es una forma concreta de mirar el mundo que el manual propone. Leer los manuales de rol como novelas me permite captar eso sin forzarlo, sin necesidad de analizar cada sistema desde el primer momento. 

Mientras avanzo, recojo fragmentos casi sin darme cuenta. Una ilustración que me incomoda sin saber por qué. Un ejemplo de juego aparentemente trivial que, de pronto, revela cómo se espera que reaccionen los personajes cuando todo va mal. Una nota al margen que no aporta nada “útil”, pero fija el tono mejor que un apartado entero. Leídos a saltos, estos elementos parecen decorativos. Leídos de seguido, empiezan a dialogar entre sí y a construir una identidad clara del juego.

Es como caminar por un sendero lleno de señales pequeñas, no siempre claras, pero insistentes. No te dicen exactamente a dónde vas, pero sí qué tipo de lugar estás atravesando. Y eso, en los juegos de rol, es muchas veces más importante que memorizar una tabla.

Cuando el manual se convierte en un lugar

Siempre hay un momento en el que dejo de sentir que estoy leyendo un manual de rol. Ya no estoy procesando información: estoy imaginando escenas. Escucho diálogos que aún no existen, intuyo decisiones incómodas, siento el peso de ciertas elecciones antes de que nadie me las ponga delante. El texto deja de ser un objeto y se convierte en un espacio. Como una casa vacía que empiezo a recorrer mentalmente, moviendo muebles que todavía no existen.

Ese instante trae consigo un vértigo suave. Porque entiendo que, si sigo adelante, voy a tener que hacerme responsable de todo eso. Que ese mundo que empieza a tomar forma en mi cabeza no se va a jugar solo. Leer un manual de rol como novela no es pasivo: es aceptar una invitación. Es saber que, más adelante, tendré que responder a lo que el texto me ha prometido. Y no todos los juegos prometen experiencias cómodas.

Aun así, continúo. Leo sin prisa, sin subrayar, sin tomar notas. Hay algo profundamente íntimo en este proceso. El manual y yo estamos a solas. Nadie espera que ya sepa dirigir, nadie me va a pedir reglas. Me permito no entender, releer un párrafo solo porque me ha provocado algo, avanzar aunque tenga dudas. En ese espacio, el juego no me exige competencia, solo atención.

La preparación invisible: una promesa

Con el tiempo he aprendido que esta forma de leer manuales de rol es una preparación invisible, pero poderosa. Cuando finalmente me siento a la mesa, no suelo recordar páginas concretas ni reglas exactas. Pero tengo una brújula interna. Sé cuándo una escena desafina, cuándo una solución es demasiado limpia, cuándo una consecuencia debería doler un poco más. No siempre puedo justificarlo con el reglamento en la mano, pero sé que no es arbitrario. Es el eco de esa primera lectura lenta.

Leer un manual de rol como si fuera una novela también me enseña a respetar el juego. A no forzarlo a ser algo que no es. A entender de dónde vienen sus obsesiones antes de intentar doblarlas o romperlas. Es como haber leído a un autor antes de citarlo: incluso cuando decides llevarle la contraria, sabes exactamente qué estás discutiendo.

Y, por encima de todo, está la emoción. Ese placer extraño que solo existe antes de la primera sesión, antes de que haya personajes con nombre o anécdotas compartidas. El manual leído así es una promesa intacta. No ha fallado todavía, no ha sido puesto a prueba. Es un mundo en estado latente, desplegándose página a página como un mapa antiguo sobre la mesa.

Por eso leo los manuales de rol como novelas. Porque ahí empieza, de verdad, la experiencia de juego. Porque en esa lectura lenta y emocional se construye algo que ninguna lista de reglas puede darte: una relación con el juego de rol. Y cuando por fin llegan los dados, las fichas y las voces alrededor de la mesa, sé que no parto de cero. Ya he cruzado la primera frontera.

@kaimamk

Directora de contenidos
Redacción del texto.

@whoisrooster, fundando desde los márgenes
@whoisrooster

Director creativo y editor
Diseño y maquetación.

No Comments

Post A Comment