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Escultura en miniatura:

una mirada desde dentro

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"Lo que diferencia una obra artística de un simple objeto es la intención que hay detrás"

Cuando alguien oye hablar de miniaturas, desde una mirada totalmente ajena al hobby, posiblemente lo primero que se piensa es en juegos de mesa o en coleccionistas con “síndrome de Peter Pan”. Un cliché que reduce a algo mucho más grande y profundo… o quizá simplemente desconocido.

Como escultora, pocas cosas me emocionan tanto como ver mis piezas pintadas. No solo por primera vez, sino con cada una de las versiones creadas por diferentes personas. Es en ese momento cuando la escultura deja de ser un archivo y se vuelve algo tangible, una pieza que cobra vida a través de la mirada, la técnica y la sensibilidad de otra persona, dándole una nueva lectura.

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El reto del digital

Trabajar en digital carga con un estigma. La escultura tradicional sigue considerándose más auténtica por muchos, como si lo digital fuese un atajo. Pero detrás de cada miniatura digital hay horas de estudio, decisiones artísticas y un dominio de la forma que no difiere, en esencia, de lo que ha hecho la escultura durante siglos: dar vida a la materia, aunque hoy esa materia inicial sea virtual. 

En mi caso, quizá por haber venido del mundo tradicional, esta comparación constante entre lo “auténtico” y lo “digital” me resulta especialmente llamativa. Llevo dibujando desde que tengo memoria y he probado técnicas tradicionales muy diferentes a lo largo de los años. Todo ese bagaje está ahí cuando esculpo en digital. No desaparece por sustituir un lápiz o un pincel, por un lápiz digital. Sigo tomando decisiones de luz, peso,ritmo, forma y silueta desde exactamente el mismo lugar: mi conocimiento artístico, mis ojos y  mis manos, aunque ahora la presión se registre en una tableta. 

Pongo mi ejemplo, pero hablo por la mayoría de mis compañeros de profesión, casi todos empezamos con un lápiz y un papel.

Estudio de diferentes rostros dibujados a lápiz azul en papel
Estudio de diferentes rostros con lápiz azul, de @saraglezart
Retrato pictórico de Natalie Portman, de estilo realista
Retrato de Natalie Portman, Ilustración de @saraglezart

Sin embargo, hay un aspecto que sí me pesa, la velocidad que exige el sector. La escultura tradicional requiere un tiempo que hoy resulta casi incompatible con trabajar profesionalmente en este ámbito. El ritmo de producción, los plazos, la competitividad y la demanda de contenido obligan a moverse rápido, y eso hace que dedicar tiempo a esculpir de forma tradicional se convierta en un lujo difícil de permitirse si quieres vivir de esto. No es falta de interés, es falta de tiempo. Y esa renuncia, a veces, duele.

Por eso, cuando se idealiza la escultura tradicional frente a la digital, se olvida que muchas veces no es una elección estética, sino una adaptación necesaria al mercado.  El mundo de las miniaturas no funciona con esos ritmos, y quienes trabajamos en él lo sabemos bien.

Por eso no creo que una técnica sea “más verdadera” que la otra. Creo que cada una tiene sus pros y sus contras, y que ambas son válidas. Lo importante es la mirada que construye la figura.

Escultura en miniatura de un gnomo tallando una calabaza gigante en escena detallada
Hazel’s Carving, trabajo personal de escultura en miniatura. Basado en una ilustración de Danijela Antunovic. Escultura de @saraglezart

Profesionalizar un sector cercano

A esto se suma otro reto, el de profesionalizarse en un sector pequeño y cercano. Es habitual que las comunicaciones con clientes se mezclen con la vida personal: mensajes por Whatsapp en lugar de email, videollamadas improvisadas, falta de acuerdos formales… No es mala intención, refleja más bien la estructura de una industria que aún está aprendiendo a profesionalizarse, joven e informal. Yo, personalmente, siempre me adapto para facilitar el proceso todo lo posible, pero no deja de ser evidente que mejorar la formalidad va a beneficiar tanto al cliente como al escultor a largo plazo.

La revolución (y el debate) de la impresión 3D

La impresión 3D es quizá el cambio más revolucionario que estamos viviendo a día de hoy. Antes, la producción dependía casi exclusivamente de moldes de resina, un proceso artesanal y limitado. Hoy, muchas marcas están empezando a apostar por la impresión 3D como medio principal de producción. Esto abre posibilidades enormes: más detalle, más rapidez, más libertad creativa. Pero también plantea desafíos en cuanto a durabilidad, la textura del material, la percepción de calidad, y el valor de la pieza. 

Pese a que una buena impresión 3D puede preservar el detalle que se pierde en los moldes convencionales, una parte del público percibe la pieza como “menos valiosa”. Y para entender por qué es importante: el valor no es una propiedad objetiva, sino una mezcla de tradición, percepción, tacto, peso, y expectativas. Limpiar líneas de molde no es lo mismo que limpiar soportes; y el proceso cambia, eso genera reacciones distintas según la persona. ¿Tiene más o menos valor? Depende del criterio de cada uno.

Y hay otro punto que a veces cuesta mencionar, pero que forma parte real del debate:
si dejamos de fabricar con moldes por completo, también estamos dejando atrás a toda una parte del sector que ha sostenido este hobby durante décadas. La producción tradicional no es solo una técnica; es un ecosistema de profesionales: modelistas, moldeadores, impresores, artesanos y pequeñas empresas que dependen de esos procesos.

La impresión 3D nos permite ahorrar costes y ganar velocidad, sí. Pero cuando ese ahorro se convierte en el único argumento, corremos el riesgo de empobrecer el tejido artesanal del que venimos. No se trata de demonizar lo digital ni de frenar su avance (yo misma trabajo en digital), sino de recordar que cada vez que algo se abarata demasiado, alguien está dejando de cobrar por un trabajo que antes existía. 

No creo que la impresión 3D deba sustituirlo todo, del mismo modo que no creo que los moldes deban desaparecer. Si lo hace, perderemos una parte de la riqueza del sector, la diversidad de formatos y la cadena de manos expertas que convierten una escultura en un objeto físico que alguien sostiene por primera vez. Mantener un equilibrio entre lo tradicional y lo moderno ayuda a preservar la historia, la calidad y la variedad del sector.

Una selección del trabajo de Sara, que recorre piezas personales y encargos profesionales en escultura digital y miniatura.

¿Qué es el arte, y quién decide lo que “merece” esa etiqueta?

Esa pregunta aparece de forma recurrente en el mundo de las miniaturas últimamente. ¿Son arte? ¿Son un producto? ¿Son un hobby? ¿Una herramienta de juego? ¿Una mezcla? Para mi la respuesta no es unívoca porque una miniatura puede ser arte… o no serlo. Igual que una pintura, una ilustración, una escultura clásica o una fotografía pueden ser arte… o no serlo.

¿Qué diferencia una miniatura artística de una que no lo es? No es el tamaño, ni el material, no es si se usa para jugar o para coleccionar. Tampoco lo decide el mercado. Lo que diferencia una obra artística de un simple objeto es la intención detrás, el proceso, la búsqueda, la visión y la capacidad de transmitir algo. Una miniatura puede ser: una herramienta funcional, un producto de consumo. un objeto coleccionable, una interpretación técnica… o una obra que encierra narrativa, emoción, pensamiento y lenguaje visual. Y a veces, es todo a la vez.

¿Quién decide qué es arte? El artista propone, el público interpreta y la industria etiqueta. Pero, en realidad, lo decide el tiempo; la memoria que deja la pieza, la huella que genera, la conversación que crea. Hay esculturas de 3 metros que dicen menos que una miniatura de 32mm cargada de intención. Y hay miniaturas que, siendo técnicamente excelentes, no buscan ni pretenden ser arte. Ambas cosas son válidas. 

Escultura en miniatura de una guerrera samurái con katana, personaje Kana
Kana, escultura en miniatura realizada para la marca Bellix Miniatures. Escultura de @saraglezart

Lo que me parece vital recordar es que, sin la escultura, no hay pintura posible. El trabajo del pintor depende del trabajo del escultor, aunque a menudo se valore más lo visible (el color), que la estructura que lo hace posible, a veces incluso olvidando que una miniatura esculpida puede ser un trabajo acabado sin la necesidad de la pintura.

La importancia de la autoría

En un mercado cada vez más masificado, donde las marcas sacan nuevas figuras constantemente, es fácil que la autoría se diluya. Pero detrás de cada pieza hay artistas, con sensibilidad, estudio y oficio. 

Dar visibilidad y valorar la autoría es fundamental para mantener vivo este lenguaje, para no convertirlo en simple ruido y para que el sector evolucione en lugar de convertirse en producción mecánica. 

El valor de apoyar a artistas y marcas

Detrás de cada miniatura hay personas que sostienen este mundillo con su trabajo. Las marcas y los artistas independientes arriesgamos, experimentamos e intentamos mantener la diversidad del sector. El apoyo no solo permite que sigamos creando, garantiza que este hobby conserve su identidad y su riqueza. Valorar su autoría, entender sus precios, apostar por su trabajo y apoyar iniciativas pequeñas es lo que permite que este arte siga vivo, creciendo y evolucionando sin perder su alma.

La estructura invisible sostiene la belleza visible.

Si quieres seguir el trabajo de Sara y conocer más sobre su proceso creativo, puedes visitar su web aquí.

saraglez
Sara Glezz

Escultura digital, pintura e ilustración
Colaboradora.

@whoisrooster, fundando desde los márgenes
@whoisrooster

Director creativo y editor
Diseño y maquetación.

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