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Hay una escena que se repite mucho más de lo que nos gusta admitir: estanterías llenas, mesas vacías. Cajas perfectamente alineadas, enfundadas, ordenadas por editorial, por género y, sin embargo, pocas marcas de uso real. Nuestra afición convertida en algo que se mira más de lo que se vive.
Compramos juegos, miniaturas, libros. Muchos. Los leemos, los hojeamos, vemos vídeos, escuchamos opiniones, debatimos en redes sociales, guardamos reseñas para “cuando toque”. Preparamos mesas que nunca se montan. Campañas que no empiezan. Y todo eso pasa sin mala fe, casi sin darnos cuenta. No es una acusación. Es una constatación incómoda: muchas veces, consumimos más hobby del que jugamos.
El medio se ha vuelto rápido. Demasiado rápido para algo que al final, va de sentarse, y compartir el tiempo. Cada semana hay novedades, anuncios, campañas, preventas, reediciones “definitivas” que duran tres meses. Y nosotros miramos. Miramos mucho.
Miramos vídeos de juegos que no tenemos, leemos reglamentos como si fueran trailers, opinamos de mecánicas que no hemos tocado.
Y lo hacemos con entusiasmo. Porque nos gusta nuestra afición. Porque nos emociona imaginar partidas futuras, mesas ideales, grupos que cuadran agendas imposibles. Consumir información se convierte en una forma de jugar… pero es un sustituto pobre.
El problema no es comprar. El problema es cuando comprar reemplaza a jugar. Cuando la sensación de “estar dentro” del ecosistema se satisface con seguir cuentas, ver rankings y comentar hilos. Cuando el escaparate se vuelve más importante que lo que hay detrás del cristal.
Y ahí pasa algo curioso: empezamos a confundir actividad con experiencia. Estamos muy ocupados, pero jugamos poco. Y por eso duele reconocerlo: esto no va solo de juegos de mesa. Pasa con el cine que no vemos, con los discos que escuchamos a medias, con los libros o videojuegos que nunca terminamos, con las ganas de pintar, escribir o crear algo que siempre dejamos para cuando haya tiempo. Nos rodeamos de cultura o arte como para “protegernos” del vacío, pero muchas veces la vivimos desde la acumulación, no desde la experiencia. El agobio no viene de amar demasiadas cosas, sino de sentir que no estamos a la altura de todo lo que supuestamente nos gusta.
Hay algo casi duro en preparar partidas que nunca suceden. Leer un manual, subrayar ideas, pensar “Uff… esto con mi grupo funcionaría increíble”… y que no pase nada. Porque siempre hay otro juego nuevo. Otra cosa que mirar antes de hacer.
El hobby invita a la planificación eterna. A estar siempre un paso antes de jugar. Aprender reglas, comparar versiones, esperar el momento perfecto. Pero ese momento rara vez llega, porque el ritmo no se detiene para que tú le alcances.
Así acumulamos potencial. No experiencias, sino potencial. Juegos “pendientes”, campañas “en standby”. Y poco a poco se instala una sensación rara: la culpabilidad. Culpabilidad de no estar jugando “lo suficiente” como para justificar todo lo que tenemos.
Lo mejor es que nadie nos obliga. Nadie nos empuja. Somos nosotros, persiguiendo una idea idealizada del jugar, como si jugar fuera algo que se hace cuando todo está alineado. Cuando en realidad, casi siempre, se juega mal, a medias, con prisas… y aun así funciona.
También hay algo más profundo. Consumir se ha vuelto una forma de identidad. Saber, opinar, estar al día. No jugar no te expulsa del discurso, pero no consumir sí. Puedes no haber probado un juego, pero debes conocerlo. Saber de qué va. Tener una postura.
Eso empuja a vivir el juego desde fuera, como comentaristas. Y aquí es fácil caer en la hipocresía, así que mejor decirlo claro: todos estamos ahí. El problema no es hacerlo. El problema es no preguntarse qué estamos perdiendo por el camino.
Porque jugar menos no solo significa menos partidas. Significa menos silencios incómodos, menos reglas mal entendidas, menos risas torpes, menos cosas que luego recordamos.
Quizá se trata de comprar menos, de huir del consumo, de dejar de romantizar mesas imposibles. Y se trata, sobre todo, de algo más simple y más difícil: jugar peor, pero jugar más.
Bajar el listón de la experiencia perfecta y subir el de la experiencia real.
Montar mesas aunque falte gente. Sacar juegos aunque no sean “el momento”. Dejar de esperar a que el medio nos devuelva todo lo que promete en la caja, y empezar a pedirle solo lo que puede dar: un rato compartido.
Porque el hobby no se agota cuando no consumes. Se oxida cuando no se vive.
No dejamos de jugar porque no podamos. Dejamos de jugar porque siempre hay algo antes.
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Director creativo y editor
Texto, ilustración, diseño y maquetación.
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